Revista La Maza N° 39


EDITORIAL
  Cada fin de año impone balances y cotejos de cálculos y estimaciones previas con los resultados de doce meses de trajín. Muchas veces, ese ejercicio arroja sorpresas, gratas o no. Otras, como ahora, es, simplemente, una comprobación de como siguen actuando las profundas fuerzas de la historia y la lucha de clases contra la dominación capitalista internacional, doblegando la voluntad de muchos de sus protagonistas por enderezar el rumbo. En este 2012 que termina, la crisis que sacude al capitalismo ha cumplido cuatro años de vitalidad creciente y ritmo ascendente. Han seguido fracasando, una tras otra, las recetas del capital financiero para estabilizar la economía metropolitana y, a la vez, seguir asegurándose sus descomunales beneficios usurarios. Después de Grecia le llegó el turno a España, devorada por la agitación social, el desempleo y la recesión y amenazada su propia integridad estatal. Francia misma, no ha resistido sino unos meses al canto de las sirenas del gobierno “socialista” de Hollande y se precipita hacia la recesión, mientras la economía alemana comienza a dar claros síntomas de agotamiento. Una inédita y activa huelga continental, transformada en pelea callejera, paralizó a varios países del Viejo Continente marcando un camino que, sin dudas será largamente transitado en 2013. En tanto, los gobiernos europeos siguen intentando equilibrios en una floja y angosta cuerda al borde del precipicio, entre las demandas insaciables del capital financiero y la creciente resistencia popular, con burguesías divididas y aparatos reformistas que poco y nada pueden brindar en pos de la resurrección económica y la paz social. El gobierno del banquero Mario Monti, en Italia, acaba de sucumbir ante esos embates. Duró apenas un año. Mariano Rajoy se sacude ante los golpes de una sociedad a punto de estallar, acorralado por la intransigencia del Banco Europeo y Angela Merkel. No es mejor la situación de Passos Coelho en Portugal ni de los demás gobernantes de la región.
Los EE.UU., sorteado el escenario electoral, sigue en el marasmo del estancamiento mientras asoman, por doquier, síntomas de descomposición social y comienzan a aparecer fuertes protestas sociales. En tanto, la locomotora capitalista, China, se ha visto sacudida por una inédita pelea política en su cúpula, provisoriamente saldada con la purga violenta del ala populista. No es otra cosa que un reflejo en las filas de la “burguesía roja” de profundas conmociones y disturbios sociales, que están pasando de la aldea a la ciudad y de los campos a las fábricas y que cuestionan las terribles condiciones de trabajo y los salarios miserables impuestos por estos singulares “comunistas” (¡!). La pérdida de la hegemonía imperial se manifiesta en la creciente inestabilidad de todo el entramado de las relaciones capitalistas, donde los estados y las potencias regionales intentan aprovechar las rendijas que la dominación declinante les deja, desatando guerras comerciales, zagas proteccionistas y resucitando viejas rivalidades y apetencias. Las revoluciones árabes han trastocado el mapa político no sólo de las burguesías del Medio Oriente sino de una trabajosamente construida fortaleza israelita, la que ha quedado expuesta en situación de extrema vulnerabilidad. Su imposibilidad de atacar a Irán, el repliegue obligado en la batalla contra Gaza, el reconocimiento de Palestina en la ONU son datos que ilustran el creciente aislamiento del estado fascista judío, antesala política de su liquidación estatal. Y poco y nada puede esperar de su padrino: la desventura iraquí, el pantano militar afgano, la resistencia popular a cualquier otra aventura bélica, el creciente rechazo hacia las alianzas con Israel y el agotamiento de los recursos presupuestarios son los condicionantes que el lobby judíofascista en USA no ha podido sortear para obtener el habitual apoyo incondicional del imperio a su política criminal.

NO ES EL FIN DEL MUNDO, SINO EL FIN DEL CAPITALISMO

La crisis genera estancamiento, pero no se estanca: acentúa su generalidad, profundiza su complejidad y derriba diversidades y fronteras. Desde la economía se ha instalado en la cultura, en la política y en la guerra; golpea a todos los países y a todas las regiones; no hay actividad social ni intelectual que le sea ajena. La crisis es el común denominador de la época. 2012 no ha sido el fin del mundo, tal como pretendían algunos desopilantes intérpretes de las culturas mayas. Pero sí es verdad que el mundo capitalista ha dado nuevos e irreversibles pasos hacia su definitiva destrucción. Claro que eso no sucederá como un hecho natural o biológico; la violencia social es la necesaria partera de la historia, una historia que está dando sobradas pruebas de madurez y que reclama, hasta con urgencia, para que ese cambio se produzca. La progresiva resistencia social al ataque capitalista, su extensión universal, la pérdida acelerada de liderazgo y hegemonía de los aparatos traidores (estalinistas, castristas, reformistas, bolivarianos…), la aparición de una nueva generación de luchadores forjada en estos años de resistencia, la legitimación de métodos de acción directa, la aparición de organismos autónomos de centralización de la lucha, la descomposición de los aparatos estatales, prefiguran un escenario de muerte cercana del viejo régimen y de inicios de una nueva época en el devenir de la humanidad. Se construirá lo nuevo destruyendo lo viejo, demoliendo sus muros, pisoteando sus aparatos de privilegio y explotación, disolviendo su estructuras de dominación económica, social, política, cultural y militar. Ese es el requisito del progreso y esa es la ley lógica del desarrollo social. En ese camino, los pueblos del mundo irán forjando una nueva conciencia social, una identidad universal de hermandad de los oprimidos y armonía con la naturaleza, una voluntad de construir juntos, sin patrones pero sin jefes, una era de socialismo y libertad, antesala de la verdadera historia humana.

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