Revista La Maza N° 43


EDITORIAL
  Un clima de fin de época, creado por el agotamiento de los recursos económicos sobre los que se sustentó la hegemonía kirchnerista, comienza impregnar la política nacional. La oposición burguesa y sus medios de difusión  amplifican hasta la exageración esta inocultable decadencia; reproducen datos, estadísticas, denuncian escándalo tras escándalo, bóveda tras bóveda. Testaferros y valijeros, amigos y funcionarios descubren el olfato político de algunos jueces que intuyen el irreversible cambio de humor político en la sociedad y se animan a imputar e indagar a quienes hasta hace unos meses eran intocables personajes del poder. Antiguos vasallos políticos se le animan a la ira del Palacio y su moradora y arman, más o menos abiertamente, listas comunes con la oposición para competir en las próximas internas, facilitan fiscales y pagan afiches y pintadas de los supuestos adversarios. Reconocidos militantes de trayectoria social, devenidos oficialistas, admiten en voz baja, la posibilidad cierta de un contundente derrota electoral, anticipada por una grave crisis institucional si la justicia, como todo parece indicar, voltea la reforma judicial y suspende la elección de consejeros de la Magistratura. El impacto de los cuestionamientos comienza a horadar el autoritarismo presidencial, genera fisuras internas y crisis y peleas de gabinete que, muy pronto, serán un juego de niños si el escenario electoral adverso se confirma.
Sin embargo, está lejos de los planes del oficialismo acordar con la burguesía opositora alguna forma transicional de abandono del poder. No existe, para el cristinismo, vida más allá del Palacio y los resortes económicos y coercitivos con los que construyó hegemonía, disciplinó descontentos y premio lealtades y alcahueterías. Y si no existe en lo más alto del poder autoritario voluntad alguna de consenso, mucho menos lo habrá entre las filas de los “Jóvenes Maravillosos” que componen su primera línea de fuego. Lanzados al estrellato y a porciones de poder, caja y fama no por méritos de militancia sino por su eficacia en el besamanos palaciego, son los primeros en proclamar, a voz en cuello, su voluntad de guerra en defensa de esas fabulosas prebendas. Después de haber olfateado las mieles del poder, ni se les pasa por la cabeza el regreso a las penurias del llano y al combate cotidiano por el pan y el alquiler.

TODO TIENE UN FINAL

Se equivoca, entonces, la burguesía opositora si cree que podrá desalojar del mando, fácilmente y por los métodos de la democracia burguesa, a quienes hicieron historia, precisamente, por construir su poder en medio de las ruinas del régimen, después del 2001. Acosado por la adversidad, el cristinismo dará pela y mostrará su verdadero rostro de clase, más represivo y autoritario que nunca. Descargará el ajuste económico sobre los humildes, impondrá –ya lo hace-cepos explícitos a paritarias ficticias mientras su impuesto inflacionario carcome los magros ingresos de los trabajadores. Mostrará que no hay contradicción entre un discurso “ladri-progresista” y una política represiva encabezada por un teniente coronel amigo de los carapintadas y secundada por gobernadores que no escatiman palos a la protesta social en sus provincias. Devolverá golpe por golpe, mazazo por mazazo. Está obligado a hacerlo porque de lo que se trata –pese a los alaridos histéricos e incomprensibles de sus intelectuales pagos-no es de defender ideas, programas, banderas, trayectorias o héroes, sino fortunas, inmensas fortunas, inimaginables fortunas muy mal habidas y peor disimuladas. Lázaro Báez no es más que un peón en ese tablero enorme en el que habitan, no sólo ordinarias bóvedas, sino sofisticadas y fabulosas participaciones societarias en empresas mineras, constructoras, medios de difusión, casinos, petroleras, bancos, de bio combustibles y de producción agraria. Como al náufrago ladrón de galletas de un recordado cuento de Jack London, la avaricia puede más que la prudencia y transforma en valientes a cobardes de reconocida trayectoria.
Por eso, más allá del próximo capítulo electoral, lo que cabe esperar es un recrudecimiento de la lucha interburguesa, un salto adelante en la disputa por la sucesión dentro y fuera del partido peronista y el regreso de las grandes luchas populares como única respuesta superadora a la descomposición del régimen y la guerra entre bandoleros.
Las recientes y masivas protestas populares en Europa, que pusieron en la calle a millones de personas en decenas de ciudades, comenzando a desbordar el control de los aparatos reformistas (los “progresistas” de allá) marcan un camino de enfrentamiento directo con el poder capitalista en el centro de su dominación. Mientras acá la izquierda legal se mata por los lugares en las listas de un frente que no contiene a nadie, la historia está golpeando las puertas del presente. Lo hace con la vehemencia y universalidad que pocas veces tuvo a lo largo de los siglos. La burguesía, la misma clase social que hace doscientos años exigía “Aux armes citoyens!”, comienza a temblar ante la posibilidad de que ese grito sea enarbolado, ahora, por millones de oprimidos lanzados a conquistar el futuro.

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