Revista La Maza N° 44


EDITORIAL
  Todos los cuerpos sociales se pudren, como el pescado, por la cabeza. En nuestro caso es el régimen político instaurado sobre la crisis del 2001 y desde el que se salvaguardan y perpetúan los peores intereses de la dependencia, el saqueo y la explotación, el que está entrando en proceso de honda e irreversible descomposición. El gastado recurso del discurso “progresista” ya no puede ocultar la decadencia de los pilares económicos sobre los que se asentó su dominación y la insatisfacción social que la acompaña. La persistencia de la miseria y el desempleo como realidad endémica en vastos sectores de la población, la inflación comiéndose los magros ingresos de los que tienen trabajo, la vivienda digna como privilegio de unos pocos, la salud pública reducida a ruinas, la deserción escolar y la juventud sin empleo ni estudio son apenas indicadores de un ciclo que está llegando a su fin: ya no tiene cómo legitimarse ante una población humilde a la que los cansadores discursos presidenciales no logran conmover. Lo que comienza como una sensación en los bolsillos, poco a poco, se instala en la conciencia colectiva. Al principio lo hace de una manera primitiva, condenatoria, un “esto no va más” que anticipa el paso a la acción de rechazo.
Pero el grado de podredumbre de la dirigencia política no se limita al patético y aislado gobierno. Se extiende en sus instituciones, su cultura sus artistas y periodistas y en la propia oposición burguesa, perfora todos los poros de la sociedad, invade todos los espacios. Un parlamento que es, apenas, una escribanía cara integrada por “ladris”, mediocres y “ladri‐mediocres” para avalar los deseos autoritarios de la banda gobernante; testaferros que mudan bóvedas y valijas cargadas de dinero como si fueran trastos; un poder judicial colonizado por el gobierno, los partidos y las corporaciones empresarias que no vacila en “blanquear” a Chevron a expensas de un genocidio en Ecuador; espacios culturales entregados a la dádiva oficial que no se avergüenzan de filmar películas de “alto contenido social” con presupuestos astronómicos, financiadas con fondos públicos y presentadas en eventos “fashion” en Puerto Madero; recitales de músicos “progres” facturados a precios de oro a las arcas públicas; dirigentes sociales oficialistas que se transforman en prósperos empresarios petroleros; periodistas conversos, de mala memoria, que son, ahora, costosos abanderados de la “causa nacional”; políticos que fueron, son y serán parte del modelo de saqueo nacional y explotación social pero que, en vísperas de las elecciones, se travisten en feroces opositores y así hasta el agotamiento.
Semejante decadencia no puede producir más que una conciencia popular precaria y dividida entre los oprimidos que, aun viendo que “esto no va más”, no encuentran modo de expresarse. Es bronca, es hastío y es desesperanza. La protesta adquiere, entonces, formas elementales, primarias, delincuenciales de manifestación y la violencia aparece en todos los rincones de la sociedad. El régimen aprovecha eso y demoniza en los “pibes chorros”, en los “inadaptados”, en la “delincuencia feroz” lo que no es otra cosa que la irrupción salvaje de un generalizado y profundo rechazo social ante la estafa política en curso.

DIFERENCIA DE MODALES, NO DE MODELOS

Unos y otros, oficialistas y opositores, arman su farsa electoral con un ojo puesto en la tormenta que se está gestando en la profundidad de la conciencia de los oprimidos y con el otro mirando a Brasil, a Egipto,
Portugal, Turquía o España, para nombrar algunos de los escenarios de protestas mucho más contundentes.
Esos países les muestran la fugacidad de sus sueños de estabilidad en estos tiempos de crisis feroz y dan fe de la precariedad de su dominación. Sin embargo, ni el oficialismo ni sus opositores pueden apartarse de un libreto que los lleva, irremediablemente, al choque con los explotados. El “modelo” les es común a todos ellos.
El capitalismo es, hoy más que nunca, explotación, saqueo, destrucción del medio ambiente y de la sociedad y estos políticos que compiten por el voto de los pobres son apenas patéticos intérpretes –con aspiración
societaria‐ de una partitura que se escribe en los despachos de los banqueros, de los GEOS de las multinacionales y las mineras, en las oficinas de los pools de siembra, de los especuladores y usureros, de los industriales globalizados. Apenas los separan los modales, las formas de hacer efectivo que el costo de su crisis lo paguemos nosotros. Son diferencias de estilo y modo, no de fondo las que los separan.
Tienen, por otra parte, una coincidencia adicional: utilizar las elecciones para aletargar la incipiente conciencia opositora del pueblo, distraer la atención, alargar los plazos, estirar las agonías. Pero no hay plazos que no se venzan ni cuentas que no se paguen, dice el saber popular y, pasadas las elecciones, profundizada la crisis de dominación en curso, agravadas las condiciones materiales de millones y millones de argentinos que la avaricia capitalista impone, la protesta popular habrá de reaparecer con toda su energía revolucionaria, sumando la experiencia de las rebeliones anteriores y la energía de las nuevas generaciones de luchadores. Y lo harán en el marco de todo un mundo al que los oprimidos están transformando en el campo de la batalla más trascendente de la historia humana, la del fin de la raza de los explotadores.

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