Revista La Maza N° 48


EDITORIAL
  El cambio ministerial dispuesto por CFK es un claro reconocimiento de la debilidad política en la que ha quedado sumido el gobierno después de las dos palizas electorales sufridas en los últimos meses. El retorno del kirchnerismo al viejo peronismo dejó en el camino a algunos leales pero impresentables soldados, encabezados por Guillermo Moreno y Abal Medina, y en una situación de extrema incomodidad a los aliados progresistas, como Verbitsky y Carta Abierta. La aparición rutilante de Capitanich, ex colaborador cercano de Duhalde, como presunto hombre fuerte y posible heredero oficial y la entrega del manejo económico a un ex discípulo de Domingo Cavallo, como Kicillof, anuncian que el gobierno se dispone, con sus rémoras y contradicciones, a cumplir la agenda política social y económica de los vencedores. El dinero se acabó, la fiesta se termina y el ajuste ha llegado. Un nuevo cepo, ahora salarial, ha sido anunciado por éste tándem como receta salvadora para combatir la inflación: las paritarias no podrán firmar aumentos por encima de un miserable 18 %, sentenció Kicillof. El kirchnerismo en decadencia adhiere, así, a las posturas del maestro de su ministro de Economía: no son los explotadores, los comerciantes y los especuladores los que generan la inflación y lucran con ella, sino que los precios aumentan porque los pobres luchan por no morirse de hambre! El anuncio de un inevitable tarifazo selectivo y una devaluación del 30% sobre el dólar turista fueron acompañados con un alza de todos los combustibles líquidos, medida que, en un país donde el transporte automotor es la regla, generará un fuerte impacto en el costo de vida de los humildes. No habrá bonos para jubilados ni aumentos de emergencia para nadie, pero sí se atenderá con solicitud todo reclamo de los usureros internacionales que afecte la posibilidad de volver a endeudar a nuestro pueblo. Empezando por pagarles a los españoles de Repsol una cifra cercana a los 8.000 millones de dólares como resarcimiento por haber vaciado nuestro subsuelo de petróleo y gas. Y otros 500 millones para cumplir con el CIADI, un tribunal a la medida de los usureros. Y, para acompañar en el terreno social este giro hacia los dueños de los mercados (volveremos a donde nunca debimos irnos!, dijo un eufórico Néstor Kirchner en Wall Street hace algunos años!!), se fortalece un eje represivo basado en el ejército y conducido por un ex capitán carapintada (Berni) y un general genocida (Milani), al que una desquiciada Hebe de Bonafini saluda con entusiasmo como un militar sanmartiniano.

LA AGENDA DE LOS POBRES

Sin embargo, el país que acaba de propinarle una paliza electoral al gobierno no lo hizo para reconstruir un gobierno recostado en la peor derecha, sino para proclamar que no admite más parches ni limosnas y que no ha sido partícipe de la dékada ganada por esta bandita de aventureros y sus patrones. El malestar social se extiende a todas las capas de la población humildes y la bronca madura en los barrios pobres. La pérdida del poder adquisitivo de los salarios, el insaciable avance de la inflación sobre los sueldos, las suspensiones y los despidos y la evidente caída de la demanda laboral suman su cuota de desesperación en millones de argentinos que nunca gozaron de los beneficios de la cajita feliz administrada por el gobierno y sus secuaces. La oleada de saqueos que conmovió al país y desnudó un gobierno paralizado, anticipa la llegada de un tiempo en el que el pueblo explotado tratará de imponer su propia agenda por encima de los intereses de las distintas fracciones y camarillas burguesas. Que prácticamente la mitad de las policías provinciales se hayan amotinado o acuartelado es un claro indicativo de la quiebra del orden capitalista. El servilismo con el que gobernadores de distinto signo pero de economías igualmente quebradas acudieron, bajándose los lienzos, a satisfacer los reclamos de sus guardias pretorianas pone en evidencia su convencimiento de que sin esos verdugos en las calles no durarían ni una sola noche en el poder. Pero ninguna sociedad se sostiene sólo por el número o armamento de sus guardianes: para lo único que no sirven las bayonetas -decía Napoleón- es para sentarse encima de ellas. Aún el más autoritario de los gobiernos requiere, de manera imprescindible, tener alguna legitimidad, algún reconocimiento social, por así decirlo, de poseer utilidad y beneficio público y general. Si carece de ello, si el pueblo no encuentra contención en esos regímenes, por más poderoso que sea su aparato represivo, sus días están contados. La rebelión de los milicos, esos asesinos de pobres fanáticos del gatillo fácil, pone de manifiesto que hasta ellos han intuido que al gobierno le queda poca nafta en el tanque, que serán requeridos a tiempo y palazo completo y aumentan su precio como mercancía escasa y necesaria. En el otro lado de la calle, la falta de legitimidad del régimen se expresa en el rechazo a un gobierno que ha vivido en la ostentación de la opulencia, que ha despilfarrado millones de millones de dólares, que ha entregado al economía y la soberanía nacional como ninguno en las últimas décadas y se traduce en desprecio violento a normas de convivencia y buenas vecindades que sólo sirven para perpetuar la miseria. En los saqueos, como en botica, se mezcla de todo. Desde las internas policiales hasta las sucesiones políticas, desde los matones de barrio hasta los lumpenes de las barras bravas dejan su huella en estos hechos. Pero, la llama sólo enciende la pradera si el pasto está seco y ese clima social de bronca y desesperación, sostenido por la miseria perpetua y el futuro sin esperanza, es el que explica la masividad de los saqueos, su generalización y su extensión geográfica. Reducir este clima de estallido social que se está instalando en todo el país a maniobras políticas o policiales es seguir gobernando con el INDEC de Moreno en la mano, una estadística donde no hay pobres ni miserables y donde todos estamos felices de ser parte de la dékada robada. Finalmente, la realidad hace trizas el doble discurso y la mentira permanente del progresismo bien pago. Han pasado apenas semanas desde las elecciones y ya el pueblo está marcando, de manera inorgánica, violenta y caótica, cuál es la agenda que pretendió imponer en octubre. El año que se inicia será el de una confrontación directa, sin mediaciones discursivas, entre esas dos agendas, entre esos dos programas, el de los pobres para imponer un nuevo orden social y el del régimen para perpetuar la miseria y la entrega.

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