Revista La Maza N° 51

EDITORIAL
  El kirchnerismo crepuscular ha decidido comprar su retirada adoptando, sin quejas ni protestas, el programa de la burguesía hegemónica, aquella a la que extorsionó y a la que le cobró peaje durante los años de la incertidumbre. Hoy, alejada de sus momentos de supremacía política, la camarilla gobernante hace malabares para explicarle a su escasa base militante las virtudes de una política reaccionaria, anti obrera y entreguista. Justificar la devaluación, el congelamiento salarial, el giro a la derecha en la política de seguridad, la sumisión a los usureros internacionales y sus organismos, la entrega de los recursos petroleros o la indemnización a los ladrones de Repsol requiere un titánico esfuerzo oratorio y una imaginación que excede a los voceros de la camarilla lumpen y corrupta. Provoca risa oír al antiguo sirviente del Opus Dei, Jorge Capitanich, convertido en vocero de un gobierno que, pese a su cacareo populista, defiende, imperturbable ante el ridículo, las bondades de una política que los trabajadores y el pueblo argentino ya conocemos de sobra porque la hemos padecido con Isabelita, con Martínez de Hoz, con Menem y Cavallo, con De la Rúa y su Alianza. No por casualidad los patéticos discursos de Cristina Fernández terminan en anacrónicas arengas que hablan de otras épicas, absolutamente ajenas a su conducta, ante un mínimo auditorio tan juvenil como colonizado, en un minúsculo escenario palaciego convenientemente alejado de las miserias del pueblo. La burguesía hegemónica, la misma contra la que se cansó de boquear y a la que más enriqueció este gobierno, se frota las manos con el giro político del gobierno. Y espera más, mucho más, en este sinceramiento de clase del kirchnerismo. Quedan tareas pendientes y los dueños del país le exigen a esta pandilla de ladrones en retirada que las ejecuten. Hay que restablecer el orden público, hay que retomar institucionalmente el control de las calles, hay que reglamentar las protestas de manera que se transformen en inocuas, hay que poner al ejército genocida en las calles (con el cuento de la inseguridad y el narcotráfico), hay que militarizar las villas y los barrios obreros (como hace la amiga Dilma en Brasil). Y todo eso para quitarles a los trabajadores y el pueblo los beneficios y las conquistas logradas desde el Argentinazo del 2001. Hay que sacarles diez puntos de su participación en la renta nacional, para retrotraer los salarios a antes de aquella explosión. O sea, hay que hacer que sea el pueblo el que pague el costo de una fiesta de la que apenas percibió mendrugos. Y el régimen le exige a un gobierno derrotado y sin futuro que sea el que lo haga. Y este gobierno populista otoñal, con altisonantes discursos montoneros aplica la política miserable de los Rodrigo, Isabelita y López Rega!

AJUSTE PARA EL PUEBLO, IMPUNIDAD PARA LOS LADRONES

El régimen sabe que tiene un as en la manga para apretar al gobierno en su debilidad: la imprescindible, ineludible cuota de impunidad que reclama a gritos la enriquecida camarilla populista en retirada. No es sólo Boudou el que está al borde del precipicio. Las denuncias por corrupción o enriquecimiento ilícito que involucran a casi toda la plana mayor de la bandita gobernante, abruman los juzgados. Curiosamente, casi ninguna de esas causas es automáticamente sobreseída, como sucedía hasta hace muy poco. Son pocos los afortunados funcionarios cuyas causas caen en los escasos jueces amigos que aun arriesgan su futuro para proteger fortunas tan ajenas como mal habidas. La mayoría de los acusados ve como los expedientes que los involucran descansan sin prescribir en los cajones de los escritorios judiciales y se transforman en armas cargadas de futuro en manos de jueces ansiosos de permanencia. El gobierno y esos funcionarios saben que la corporación tribunalicia es experta, como pocos, en el arte de leer los tiempos políticos y desempolvar, en el momento justo, los expedientes retenidos. Y saben, también, no es ningún secreto, que el tiempo político del kirchnerismo es el pasado. La burguesía cierra sus cuentas con la camarilla gobernante apretándola como un limón, exprimiéndola hasta la última gota, usa todas sus herramientas y se monta y expropia la profunda ruptura del pueblo con un gobierno que es, cada día más, un huérfano político.
La promesa de impunidad es un poderoso estimulante de esta recuperación de la memoria de clase que está protagonizando el populismo otoñal. De pronto, son amigos del alma de Bergoglio, al que siempre amaron, y de Milani y los militares; de pronto Macri, el cheto gorila o el garca, pasa a ser Mauricio. De pronto el avión presidencial se abre a los opositores burgueses y se organiza un paseo de compras y placeres conjunto para la asunción de Bachelet. También de pronto le aflojan plata a Scioli para detener la inacabable huelga docente y para reforzar sus policías. Y podríamos seguir largamente con la larga lista de sapos que Cristina está tragando. Pero esa es la ley de la política burguesa, reconocida hasta por el propio Juan Perón. En su mitológico Manual de Conducción Política, el viejo escribía que el que gana dirige y el que pierde acompaña y obedece! Curiosamente, esa lógica peronista es la misma que, hoy, le aplica la burguesía opositora al kirchnerismo, residuo histórico y cloacal del peronismo.
La derrota electoral ha tenido la virtud de llevar al kirchnerismo, de vuelta, a sus orígenes, a aquellas épocas de señores feudales de provincias, de matones de pueblo, de patrones de estancia chica. Los discursos épicos suenan cada vez más huecos, menos sinceros y, sobre todo, menos eficaces. Los cánticos triunfales empiezan a ser una cáscara vacía que intenta encubrir una deshonrosa retirada política que puede ser simbolizada en una vieja letra tanguera del gran Enrique Cadícamo: vuelvo vencido a la casita de mis viejos Y, por estas horas políticas, el problema central para esta bandita de chantas, corruptos, mentirosos y vende patrias es saber cómo llegar en libertad y con sus patrimonios a salvo a ésa casita, hasta donde llega el precio a pagarle al régimen y, sobretodo, si los negros y el pobrerío van a aguantar ese precio en sus lomos o se van a rebelar.
El 10 de abril habrá un gran paro general. Lo convocan las CGT de Moyano y Barrionuevo y una bandita de otros viejos burócratas sindicales que olfatean el olor del cadáver y sólo quieren posicionarse para la sucesión. Por eso es que le han dado un carácter dominguero y pacifista al paro. Es que ellos le tienen tanto miedo al pueblo en las calles como el propio gobierno. Pero las razones profundas que explican la legitimidad del paro, el hambre en la mesa de los pobres, el desempleo creciente, la carestía, la exclusión social que revienta en violencia callejera, la entrega del patrimonio común, deben llevarnos a unir todos nuestros esfuerzos para asegurar un paro contundente, activo, callejero, rebelde, insurrecto, que desborde y supere las intenciones de los crápulas de los sindicatos y golpee al gobierno. Desde estas páginas, convocamos a la izquierda autonómica y libertaria a transformar el paro dominguero de Moyano y Barrionuevo en jornada de rebelión popular para derrotar al ajuste y para encaminarnos a derrocar al régimen.

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