Revista La Maza N° 55


EDITORIAL
  La economía argentina, el famoso : "modelo de crecimiento con inclusión social" del que tanto se ufanó nuestra exitosa abogada presidenta, es un barco que está a tiro de naufragio. Atrapada en una tormenta donde todos los indicadores económicos parecen haberse conjurado en una gran conspiración para acabar con el relato épico del gobierno, la camarilla presidencial sólo atina a buscar un mínimo respiro agitando un trapo, en el que ni ellos creen, donde un ávido buitre se precipita sobre nuestras prósperas llanuras y se transforma en el responsable de todos los pesares. La realidad es que, con buitres o sin ellos, la industria nacional lleva doce meses de caída ininterrumpida, que se derrumba la producción automotriz, que nadie pone un ladrillo sobre otro, que casi medio millón de argentinos han perdido su empleo, que crecen la morosidad y las quiebras, que la inflación se hace imparable y el dólar es un objeto escaso y esquivo, que las reservas no paran de caer y que la recesión es profunda y sin salida a la vista. Y, como las malas noticias tienen la recurrente costumbre de no tolerar la soledad, la recesión también golpea al vecino Brasil, principal cliente de nuestra industria, achicando exportaciones y aumentando incertidumbres. Peor, aún, la irrupción electoral de Marina Silva y la posibilidad cierta de que Dilma sea derrotada en octubre y que se produzca un cambio en el panorama económico brasilero, agiganta los temores: es que por cada punto que cae el PBI de Brasil, las exportaciones totales de Argentina pierden un inmenso 3%. El saldo será menos empleo, menos salarios, menos actividad económica y mayor, mucho mayor conflictividad sindical y social urbana que la que ya estamos viviendo. Por otra parte, la abrupta caída del precio de la soja en los mercados internacionales no parece tener fin. De más de 500 dólares por tonelada hace apenas seis meses, hemos caído a menos de 400 ahora y todos los análisis ubican el quintal en un precio de 360 para esta temporada. Pero, para acrecentar el enojo y la furia opositora de los sojeros vernáculos el precio neto que quedará en sus campos, deducidos retenciones e impuestos, es de apenas 230 dólares oficiales por tonelada, lo que significa, en términos contantes y sonantes poco más de 140 dólares reales. En resumen, muchos menos dólares y muchas más broncas rurales.

AL FINAL DEL TOBOGÁN...


El gobierno, con todas sus cuentas en rojo y atado a sus compromisos con el gran capital, arroja leña al fuego a cada paso. En su afán por reducir el costo fiscal de los subsidios energéticos ha disparado un formidable tarifazo que tiene su epicentro en las tarifas de gas. Las colas ante las oficinas de las empresas prestadoras son interminables. Todos quieren exigir, por las razones que fuese, el mantenimiento de la tarifa anterior y, casi todos, chocan contra el muro impuesto por una expresa decisión del súper ministro Kicillof. Poco tardarán en sumarse estos reclamos de amplios sectores de las capas medias a las ya contundentes protestas sindicales y, sin dudas, a las inminentes manifestaciones rurales. En tanto, el escaso capital político que ostentaba el gobierno no cesa de licuarse y las posibilidades de incidir seriamente en los sucesores, para garantizar aunque más no sea impunidad, se parecen más a un sueño que a una posibilidad. Ante tanto infortunio, la profecía de que el régimen capitalista dependiente de nuestro país explota cada diez años parece estar muy cerca de volver a cumplirse. Tal vez no sea ésta una explosión de la magnitud económica que tuvo la anterior, en 2001, pero ningún observador objetivo pierde de vista que se están dando una serie de combinaciones que pueden precipitar un enorme sacudón.

El gobierno, encerrado en sus propios laberintos y atrapado por todos los compromisos asumidos con el gran capital no tiene más alternativa que apretar la soga sobre el cuello del pueblo. Acorralado por las inminentes corridas cambiarias, la única salida que olfatea es acelerar el paso en esta especie de : "rodrigazo en cuotas", ajuste gradual y sistemático contra el pueblo, para pasar a un : "rodrigazo" a secas, violento y drástico, imponiendo con una nueva y mayor devaluación el precio de la crisis sobre los oprimidos. 
Y, si bien es cierto que el escenario económico no es tan dramático como el de hace diez años atrás, no es menos cierto que las posibilidades de resistencia social, sindical y política a un zarpazo contra la economía popular son mucho mayores ahora que antes. Una nueva generación, ya liberada de los letárgicos efectos de la histórica derrota del 76, está demostrando su falta de respeto hacia los límites de los aparatos burocráticos, los matones, los represores y la charlatanería oficialista. Infinidad de organizaciones han sobrevivido a las cooptaciones e intimidaciones del régimen y han mantenido viva la llama de la rebelión. Al final del tobogán de la decadencia y descomposición de la camarilla gobernante puede haber, en lugar de un colchón de arena, una pared en la que se hagan trizas las pretensiones de que los humildes sean, otra vez, el pato de la boda capitalista. 

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