Revista La Maza N° 56


EDITORIAL
  En nuestro país los fines de ciclos políticos suelen ser turbulentos. Así ha venido sucediendo desde hace décadas, en un proceso en el que tienden a coincidir el agotamiento del modelo de acumulación capitalista, dependiente y extranjerizado, las crisis de divisas, el debilitamiento de los gobiernos de turno, la pérdida de mecanismos de control y un creciente malestar y conflictividad social. Estos procesos se agudizan en tanto las cuestionadas gerencias salientes no pueden imponer sucesores que les garanticen continuidad e impunidad y gobiernan, ese último y traumático período, en medio de la tempestad y acechados por los enemigos que supieron conseguir y por los problemas que no pudieron resolver. Hasta ahí, lo que estamos presenciando con el kirchnerismo no parece muy diferente a lo que le sucedió a Alfonsín y a Menem, así como no parece muy distinta la enorme orfandad popular que los atraviesa. Sin embargo, en éste ocaso de quienes se creyeron "dioses" hay una particularidad que surge de su propia esencia. El kirchnerismo representó el último gran asalto al poder y a las posiciones del gran capital ejecutado desde un sector de la pequeño burguesía con un infinito amor por el poder y el dinero y una ambición correspondiente, así como una falta de escrúpulos sin par. Claro que, como asalto, se quedó nadas más que en la retórica y en las medidas homeopáticas de "inclusión social" y, dados sus límites de clase, termino siendo un costoso peaje impuesto a los poderes concentrados a cambio de asegurarles la gobernabilidad y el reinicio de un nuevo ciclo de acumulación capitalista sobre los hombros del pueblo. Y, visto el estado de zozobra en el que se encontraba el régimen capitalista después de la crisis del 2001 y la destrucción del bipartidismo sucesor de la dictadura, no le costó demasiado al kirchnerismo imponer sus condiciones para el salvataje del régimen. Lo cierto es que mientras la gran burguesía y sus sectores más vinculados al capitalismo internacional y su nueva división del trabajo, hacían los mejores negocios de sus últimas décadas, mientras los patrones aprovechaban salarios de hambre logrados por una feroz devaluación que ni la dictadura se atrevió a hacer, debían resignarse a aceptar que el kirchnerismo armara su propia "burguesía nacional", una parodia integrada por lúmpenes, arribistas y amigos del poder con hambre atrasado, que saquearon cuanto fondo público encontraron a su paso. Y, también debieron aceptar, que se creara una vasta lista de organizaciones parasitarias del aparato estatal, beneficiadas con subsidios, planes sociales, créditos, estímulos de todo tipo y, sobre todo en la última etapa, miles de empleados públicos-militantes rentados, enquistados en cuanto organismo público pudiesen colonizar.

EL FIN ES SEGURO, PERO EL FINAL ESTA ABIERTO

La particularidad del kirchnerismo, entonces, radica en ése fenómeno social artificialmente creado, nucleado esencialmente alrededor de La Cámpora (una especie de sindicato de empleados públicos jerárquicos), de "organizaciones sociales" (que son , en realidad, sociedades comerciales) y de asociaciones empresariales fantasmales (como las que hicieron la tristemente célebre gira por Angola), que carecen de representatividad política alguna pero que disponen de suficientes recursos, aún en la agonía, como para amenazar la escasa estabilidad política y económica. Esta fracción ultra minoritaria del oficialismo que , de hecho, excluye al pejotismo aliado y a los burócratas oficialistas- se ha arropado, como nunca en todos estos años, de un discurso contra la misma patria financiera a la que le permitió seguir gozando de la ley de entidades financieras de la dictadura mediante la cual obtuvieron ganancias siderales. Lo mismo puede decirse de su alegato contra los mismos fondos buitres con los que transó todos estos años y así podríamos seguir desmontando toda la larga serie de acusaciones y diatribas contra quienes siguen siendo, en los hechos contantes y sonantes, sus socios y mandantes. Claro que, para la mínima fracción gubernamental, para la pandilla "empresaria" amiga, para los "militantes" rentados en buenos sueldos, esos discursos vacíos, enemigos de la realidad, equivalen a proclamas con las que se arropan y encierran para enfrentar el duro camino del exilio, del desalojo inevitable y del desdén de las mayorías populares. Y les sirve, sobre todo, como justificación para perpetrar el último saqueo a las finanzas del pueblo, imprescindible botín para hacer realidad la máxima consigna que les legara su fundador, Néstor Kirchner, quien, mientras desalojaba y ejecutaba a humildes hipotecados, les decía a sus amigos que lo hacía "porque sin plata no se puede hacer política".
 Y, como buenos alumnos, para asegurar los recursos no vacilan en ejecutar, también ellos, el hambre y los tarifazos, la inflación y el desempleo, el "rodrigazo" en cuotas. El círculo se cierra, las mieles se acaban y hay que libar ahora todo lo que se pueda porque el invierno puede ser largo y, quien sabe, definitivo. Esa es la síntesis y la verdad de todas las proclamas y los discursos incendiarios, una cortina de humo para encubrir una retirada sin honra. El problema, además, es que deberán atravesar meses de fuego, por primera vez en su historia, con todo el régimen en la oposición, con una economía en recesión, sin soluciones a la crisis de divisas y con un creciente malestar social contra el que no sirven ninguno de sus aparatos. Lo que pretendía ser una ordenada transición hacia un gobierno de normalidad burguesa se está transformando en una pesadilla para el régimen y un azote feroz para el bolsillo del pueblo oprimido. Es muy difícil que, con tantos frentes abiertos, con tantos enemigos acumulados, con tanto desamparo popular, la camarilla en el poder pueda llegar indemne a diciembre del 2015. El fin es seguro, pero el final es abierto. 

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