Revista La Maza N° 58

EDITORIAL
  Diciembre no podía haber empezado peor. Aún no llegan los calores del verano ni el aliento espeso de los reclamos sociales y los anunciados saqueos, pero ya el clima económico y político se está poniendo pesado. Las noticias que llegan desde el mundo no son buenas para nuestros progresistas en el gobierno. La guerra comercial en curso, con eje en el precio del petróleo, amenaza trastocar los frágiles acuerdos forjados por la crisis abierta en el 2008 y los tambores de la guerra empiezan a calentar sus parches. Rusia, acorralada por las sanciones que siguieron a su incursión en Ucrania, ve como sus ingresos externos mayoritariamente provenientes de exportaciones de hidrocarburos- se licuan, mientras la hostilidad impulsada por EE.UU. sigue en ascenso. China, coyunturalmente beneficiada por la caída del precio de la preciada energía de la que carece, avanza en la ocupación económica y diplomática de los espacios e intersticios que la decadencia yanqui abre día a día. Y los EE.UU., sacudidos por las protestas raciales y el malestar social, ven como su milagro económico del petróleo de fracking, en el que estaban depositadas todas las esperanzas de salir airosos de la crisis, se derrumban ante un barril de 55 dólares cuando sus costos productivos superan los 70. Una tras otra, las empresas frackineras yanquis, empiezan a tambalear, se concursa, paralizan inversiones y aplazan explotaciones. Precisamente ése ha sido uno de los objetivos centrales de las monarquías árabes al incrementar la producción petrolera en medio de una importante caída de la demanda como la que impone la actual recesión. Para los saudíes y sus socios de lo que se trata es de preservar su control del mercado golpeando duramente a su incipiente competidor yanqui y sus novedosas y destructivas técnicas de explotación, que no pueden competir con el precio de producción de los yacimientos convencionales (10 dólares el barril) y necesitan un petróleo caro para poder subsistir. Sólo un mundo cuyas hegemonías están siendo profundamente trastocadas y subvertidas por una crisis sin final, puede explicar que la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), encabezada Arabia Saudí y las demás dinastías feudales y atávicas que pueblan el Golfo, pongan al mundo industrial e imperialista a merced de la voluntad de sus recursos y flujos petroleros. Sólo un mundo sin claros dominantes y sin gendarmes determinantes explica tanta audacia y tantos derrumbes.
LES MUERDEN LOS TALONES

Y las consecuencias de este salto en la crisis se hacen sentir en todos los rincones del planeta. En última instancia, más allá de las intenciones e intereses de los protagonistas directos, se trata del primer gran capítulo de una guerra comercial que se avecina y que siempre aparece en las crisis económicas como el preámbulo de otras guerras más contundentes. Los mercados de crédito se cierran y ni qué hablar de conseguir inversiones productivas. El comercio internacional se retrae. Los proteccionismos se ponen traje nuevo. Y en ese escenario, los sueños de CFK y Alex Kicillof de obtener 3000 millones de dólares en el canje de los BODEN se derrumbaron. La jugada apuntaba a quitarse de encima vencimientos próximos y acrecentar las reservas, como una clara señal a los buitres de que no va a negociar en cualquier condición. También era un tanteo para ver qué receptividad había en la usura internacional hacia nuevas emisiones de deuda argentina. El resultado fue un fiasco. Unos miserables 250 millones de dólares fue todo lo recaudado, a pesar de que se prometían tasas de interés que rondaban el 10 % anual. La jugada fracasó por dos elementales errores de cálculo. El primero tiene que ver con no haber previsto las consecuencias de la guerra petrolera sobre los mercados; el segundo es haberse olvidado de que la Argentina kirchnerista, la pagadora serial de Cristina, sigue en el veraz de los usureros. Y, al mismo tiempo del fracaso de Kicillof, Etiopía (sí, Etiopía!) lograba colocar bonos al 6 % anual!! Y, entonces, las acechanzas de la macro-economía comienzan a desplegar sus alas sobre la economía cotidiana, la del bolsillo de los pobres. Cae el empleo, caen los salarios, hay recesión industrial, el precio de la soja se derrumba y el malestar social es el único indicador que crece sin parar. El sueño de condicionar la transición, imponer sucesores y asegurar impunidades se evapora como un espejismo, mientras los caciquejos peronistas se encolumnan, silenciosos pero firmes, detrás de Scioli y excluyendo al kirchnerismo puro y duro. Ese debilitamiento generalizado de la fracción gobernante es aprovechado por los factores de poder que ya no confían en ella y por una de sus herramientas predilectas, los jueces. Y sucede, como nunca en estos doce años, que la casi totalidad de los ministros, funcionarios y referentes kirchneristas se encuentran con que son agendas tribunalicias, con que tienen sus teléfonos intervenidos por orden judicial, que sus cuentas y facturas son requeridas y revisadas, que sus viajes son investigados, sus fortunas monitoreadas y sus declaraciones juradas sometidas a descuartizamiento por peritos diligentes. Una entusiasta tropa judicial muerde los talones de los que fueron sus amos. Forja su propio futuro ante el cambio que se viene. Es el temido fin de época, eufemismo que refiere al final del ejercicio pleno y absoluto del poder, de la obediencia debida en todos los estamentos del estado y de la sociedad, de la impunidad como regla. Los empresarios critican abiertamente y se abrazan con los opositores, los sindicalistas, aún los aliados, toman prudente distancia. Referentes históricos de la corriente y del propio gobierno cruzan el Rubicón. La plaza del aniversario luce deslucida y el discurso suena más destemplado que la tarde lluviosa, el tono de guerra de CFK recuerda otras épocas, lejanas, irrepetibles. La historia está caminando por otro lado y ellos, naturalmente, se niegan a verlo. El tránsito siempre es doloroso para el que se va de los privilegios. La amenaza judicial es contundente con muchos de los nuevos ricos progresistas, pero es impiadosa contra la propia familia presidencial. CFK y sus hijos están en la mira no de Bonadío sino de toda la corpo judicial, amparada por buena parte del régimen y de la opinión pública, que intuye el mayor escándalo de corrupción y enriquecimiento ilícito de la historia reciente de nuestro país. Es posible que sea esa certeza y no el recuerdo de tiempos heroicos (que, por otra parte, nunca existieron!) lo que explique los gritos destemplados de Cristina, desde una confortable sala de la Casa Rosada hacia una plaza desierta donde el temporal se llevaba puestos los sueños de eternidad. En tanto, los pobres, los excluidos, los que siempre pagan con su espalda destrozada por la explotación la fiesta de los ricos, acumulan bronca y desesperanza. Perciben que el fin del kirchnerismo y de la mayor bonanza económica del país en los tiempos modernos, sólo les deja una pesada factura. No recibieron ni las migajas del modelo, pero pretenden condenarlos a pagar la fiesta entera. Y en eso coinciden todos los opositores: vienen tiempos de mayor ajuste, todavía. Vendrán, en consecuencia, tiempos de mayores luchas y de grandes peleas, donde se forjaran nuevas y, tal vez, definitivas banderas de liberación nacional y social.

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