Revista La Maza N° 61


EDITORIAL
  Si algo faltaba para confirmar, simbólicamente, el acrobático salto al capitalismo que están llevando adelante los dirigentes cubanos, eso se produjo el pasado 10 de mayo. En efecto, al salir de una entrevista privada con el Papa, el timonel de la restauración capitalista, Raúl Castro se declaró "rendido ante la sabiduría" de Bergoglio y proclamó que si "sigue hablando así volveré a rezar y volveré a la Iglesia Católica". Más allá de la anécdota y de recordarles a los cagatintas castristas que de Roma se vuelve pero que del ridículo jamás hay regreso, lo cierto es que el ritmo de la "normalización" capitalista en Cuba está pegando un vertiginoso salto adelante. No sorprende a quienes venimos analizando la cuestión cubana con los hechos en la mano y no con anacrónicas reminiscencias folclóricas, teñidas de banderas rojas y entonadas con canciones de Silvio Rodríguez. Los hechos hablan por sí mismos y son impiadosos. Cualquier viajero que haya visitado la isla (y decimos "la isla", no los pasillos del poder) en los últimos años, puede dar fe de una descomposición social creciente, de la diferenciación social en ascenso, de los privilegios obscenos de los funcionarios en tren de convertirse en propietarios, del floreciente mercado negro, de la prostitución ejercida de manera pública en las calles del "socialismo"…Y no son hechos casuales o residuales. Son el producto inexorable de la batería de leyes aprobadas por el Partido "Comunista" de Cuba en los últimos 20 años, abriendo de par en par la economía al capital financiero internacional. Cuba, liderada por los Castro, emprende ahora el acelerado retorno al capitalismo liberal, copiando un modelo asociativo como el ejecutado antes por los chinos y vietnamitas, aspirando a que sus corruptos y enriquecidos funcionarios pasen de gerentes a socios propietarios. Se cierra, de este modo, un ciclo que caracterizó el siglo pasado: revoluciones populares, democráticas, dirigidas por movimientos y partidos pequeño burgueses que expropiaron a las burguesías tradicionales y que, despojando a las oprimidos de su triunfo y usufructuando sus banderas, construyeron, paso a paso, el surgimiento de una nueva clase dominante. Las revoluciones del siglo pasado tuvieron, todas ellas, por encima de sus especificidades, esa génesis y ese resultado. Los viejos funcionarios rusos, chinos, vietnamitas o cubanos dejan en el pasado el papel de burócratas desde el que acumularon sus fortunas y se asumen como los nuevos burgueses. En la fragilidad de su juventud se ven obligados a mantener el folclore rojo y a bancar un vasto círculo de cagatintas a sueldo para no aparecer como lo que realmente son, los verdugos de sus pueblos.
SI, LO ÚNICO QUE LES FALTA ES REZAR E IR A MISA
Resulta conmovedor observar los esfuerzos de esos intelectuales y periodistas para ganarse su paga, intentando explicar lo que, desde el punto de vista del socialismo y la revolución, ya ha quedado suficientemente claro. Se estremecen ante el desfile militar del ejército ruso conmemorando el aniversario de la caída de Berlín y saludan su marcha como si fuera el Ejército Rojo de Trotsky; alaban al oligarca Putin como si fuera el nieto de Lenin y a su camarilla capitalista como si fuera el Comité Central del 17; saludan la reconstrucción del imperialismo ruso como si fuera la resurrección de la URSS. Lo mismo harán, ahora, con los Castro. Elevarán a prodigios de la revolución "socialista" los nuevos garitos y prostíbulos que se instalan en la isla y a la categoría de milagro económico el despido de casi medio millón de trabajadores estatales mientras sus generales se convierten en "guardianes revolucionarios" de las empresas imperialistas. Así como la restauración capitalista en Cuba cierra el proceso de las revoluciones del siglo pasado, también la ideología reformista, conciliadora y populista que el castrismo forjó en la región, cae en la decadencia y sus crepusculares portavoces lo pasan mal. Sus amigos soportan a duras penas los embates de los pobres que ya no creen en sus huecas proclamas "socialistas", apenas una mascarada grotesca de la colaboración de clases y la explotación. Dilma, la abanderada de la capitulación del Partido de los Trabajadores en Brasil, es abucheada en público en cada aparición, sus propios sindicalistas le hacen huelgas feroces y las marchas exigiendo su renuncia son multitudinarias. No la pasa mejor Rafael Correa, el ecuatoriano que es mecenas de varios cagatintas locales, repudiado por la mayoría indígena de la población. Ni qué decir de Nicolás Maduro, el estrafalario timonel del chavismo en retirada. No la pasan mejor Cristina Fernández ni Michele Bachelet. Todos o casi todos los aliados "ideológicos" del castrismo los acompañan en su decadencia. Un gran debate, aun no saldado, recorre a toda la izquierda. Se trata de analizar este fenómeno que tuvo tanta trascendencia no con el corazón y la nostalgia sino con las herramientas que la historia nos proporcionó. Es difícil, es duro, pero es imprescindible llamar a las cosas por su nombre. Sólo así se abren las puertas del futuro. Nos duele hacerlo. En primer lugar a quienes hemos acompañado la revolución cubana desde sus orígenes, defendido el derecho de su pueblo a trazar su destino y, sobre todo, duele por toda una generación sacrificada por esos ideales abandonados. No es la primera vez que una revolución es devorada desde adentro para beneficio de sus dirigentes. Pero, si abolimos el rol "predestinado" de caudillos, intelectuales, abogaduchos y cagatintas, vanguardias y partidos iluminados, para abrazar el concepto social de la epopeya, la democracia directa y la no delegación en la pequeño burguesía de nuestra misión histórica, posiblemente sean éstas las últimas claudicaciones. Vale, en estos momentos tristes, recordar la esclarecedora y delimitadora máxima de la Primera Internacional, aquella gran organización revolucionaria de anarquistas, socialistas, blanquistas y marxistas: "La liberación de los trabajadores sólo será obra de los trabajadores mismos".
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