Revista La Maza N° 67


EDITORIAL
  La anunciada derrota electoral del oficialismo kirchnerista en las elecciones presidenciales viene a poner punto final a un ciclo político y a abrir otro, nuevo y de características imprevisibles en nuestro país, en un proceso que, sin embargo, no aparece como privativo de nuestras tierras. En efecto, la caída estrepitosa del kirchnerismo (pensar que tenía el 55% de los votos hace apenas cuatro años!!) es parte de una tendencia más general en la que los gobiernos populistas que hegemonizaron el poder en la región hacen cola en un dominó fatídico. En la fila se encuentran todos o casi todos los movimientos que, embanderados en legítimas demandas populares, apropiándose de historias de luchas tan heroicas como ajenas, utilizando los recursos del estado le garantizaron al régimen capitalista la salida a la peor crisis continental que vivió la burguesía después de los años 70. Lo hicieron mediante reformas homeopáticas y políticas asistenciales y prebendarías que tenían como único objetivo adormecer las luchas, enfriar los ánimos y, sobretodo, destruir el proceso autonómico que las masas continentales habían comenzado a recorrer. Las diferencias entre ellos son, apenas de grado. Lo esencial les es común, tan común como es el anunciado final de sus caminos. Pero, el ocaso del kirchnerismo reviste algunas características especiales. Hasta ahora no se sabía de alguien que fuera capaz de “chocar una calesita”. Sin embargo, la camarilla gubernamental, con su jefa suprema a la cabeza, desafiando las leyes de la física y la mecánica, lo consiguió. Mucho antes de que se agotaran los márgenes económicos que le dieron sustento, la ambición cesarista, la soberbia, el ataque descontrolado sobre los recursos del estado por parte de sus huestes, los escándalos de corrupción y enriquecimiento inexplicables, la reiteración enfermiza del uso de cadenas oficiales que terminaron siendo cadenas de despedida, la falsificación metódica y sistemática de las cifras y las estadísticas, etc. etc., ya habían menguado notablemente aquella impresionante mayoría electoral del 2011. Las mismas clases medias que acompañaron el dolor de la viuda de Néstor, los mismos que alabaron su entereza y la votaron masivamente aquel octubre, fueron los primeros en darle la espalda cuando descubrieron que el camino emprendido conducía a la ciénaga.
CHOCARON LA CALESITA!!!
Y esas clases medias no esperaron a que la crisis económica hiciera irrupción. Es que se comenzaron a acumular las sombras donde antes había brillo de estrellas. Los aliados elegidos resultaban ser los peores impresentables del viejo cacicazgo peronista. El mismo Fellner que abrazaba a la enriquecida Milagros Sala era designado presidente de su partido. Desde el Chaco miserabilizado, importó a un Jefe de Gabinete que merece ingresar a una galería de comics. Entronó en el senado, primero, a Beatriz Rojkes de Alperovich, señora feudal del Tucumán, incomprensiblemente enriquecida de la mano de su esposo gobernador. Después a Gerardo Zamora, titular de una dinastía de dueños de Santiago del Estero, donde ahora gerencia su esposa. Alabó sin pudores a Gildo Insfran, el asesino de qoms y ladrón de sus tierras. Eligio la mano dura de Berni y sus gendarmes para “dialogar” con trabajadores en huelga por defender sus salarios. Adopto como propios a los peores y más corruptos dirigentes sindicales. Encumbro en codiciadas áreas del poder a un grupo de aventureros y trepadores agrupados en una organización política fundada al solo efecto de amparar el crecimiento patrimonial de sus miembros. Financió con recursos del estado a empresas de medios y a periodistas caros, con pautas siderales y audiencias escuálidas, cuyo único merito era alabar a la conductora de la calesita para ver si les daba la sortija. Y así podríamos seguir con una larga e increíble lista de desaciertos políticos, entre los que la designación de Amado Boudou como vicepresidente o de Aníbal Fernández como candidato a gobernador no son los mayores. Pero la llegada de la crisis económica, el fin de la bonanza, el recorte de las prebendas, el secuestro del “dólar ahorro de las clases medias”, el establecimiento de la inflación como un nuevo impuesto universal, la retracción económica y las sombrías perspectivas que llegan desde el exterior, terminaron por crear el clima de una tormenta perfecta. Al alejamiento de las clases medias y a la hostilidad de un importante sector de la burguesía, se le comenzaba a agregar la indiferencia popular con el destino de un gobierno que ya no remediaba los problemas de los más humildes. Era un escenario que nadie podía negar y que presagiaba, sino el final, al menos serios riesgos a la continuidad oficialista. Pero, claro, una cosa es mirar el cielo desde el llano y el barrio y otra cosa, muy distinta es verlo desde el Patio de las Palmeras, en la Casa Rosada, donde no entran vientos, tempestades ni malas noticias. No se escucha, ahí, el bramido del viento en la tormenta ni el golpeteo descontrolado de la lluvia sobre los pobres techos de chapa: en el palacio solo se oía el batir de los bombos amigos, el aplauso de los fieles alcahuetes y la gritería del puñado de incondicionales del poder. Tal vez fuese el estruendo de esos actos, tan minúsculos como apasionados, lo que les impidió, a todos ellos, oír el ruido de la calesita al chocar con la realidad. Ahora, las consecuencias de su fracaso quedaran como patrimonio del pueblo. Sobre nuestras espaldas caerá el ajuste y la devaluación, el tarifazo y el desempleo. Sobre las de nuestros hijos se abatirá un nuevo ciclo de endeudamiento feroz. Y frente a todos nosotros, se desplegaran los “dueños” del país, sus políticos, periodistas y alcahuetes, para intentar que asumamos, por las buenas o por las malas, el costo de la fiesta ajena.

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